Las luces de los coches son un aspecto esencial para tu vehículo y su misión es la de garantizar la visibilidad en dos sentidos: ver y ser vistos.

Son un buen sistema de seguridad activa que favorecen una correcta circulación – diurna y nocturna- en carretera, dado que gracias a ellas podemos ver observar con claridad todo lo que nos rodea mientras estamos al volante.

Como la mayoría de los sistemas de un automóvil, los faros también han sido protagonistas de una serie de evoluciones, aprovechando esos avances para ofrecer mejores calidades lumínicas.

A continuación, conoceremos y analizaremos los diversos tipos de luces – ventajas y desventajas- desde principios del siglo XX hasta la actualidad.

  • De las lámparas de aceite a los faros halógenos

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Al aparecer los primeros coches, a finales del siglo XIX, también surgió la necesidad de poder disponer de iluminación para poder transitar cuando se ocultará el sol. En estos años, cuando la tecnología aún era escasa, los fabricantes de automóviles recurrieron a alumbrar con lámparas de aceite. Incluso llegaron a existir faroles de petróleo, carburo o acetileno. En aquel entonces, estos sistemas debían ser encendidos a mano.

Con la aparición del Cadillac de 1912 se introdujeron las primeras luces eléctricas hasta los años 60, cuando aparecieron en escena las luces halógenas.

Los faros halógenos superaban con creces el alcance los anteriores sistemas, llegando a superar los 100 metros de distancia. Fue tal el éxito de este tipo de luces, que todavía suele ser utilizado en algunos vehículos. Estos fueron la solución de moda durante aproximadamente 30 años.

Las luces halógenas son un sistema común, básico y barato, presente en la mayoría de los coches. Su estructura interna se compone de un sistema estándar que consta de una bombilla extraíble y una estructura compuesta por un material reflectante que potencia la luminosidad de la bombilla.

  • De los faros de Xenón a los faros LED

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A principios de los años 90 se estrenaron las primeras luces de xenón en coches. Entre sus numerosas ventajas destacan: alumbran el doble que un sistema halógeno y son capaces de cubrir toda la carretera con una iluminación que penetra todas las zonas por las que rueda el coche.

Sin embargo, este tipo de luces evolucionó hasta convertirse en los faros bi-xenón tan solo siete años después. Este tipo de sistema de iluminación consigue el mismo color para las luces de cruce y de carretera evitando deslumbrar a los conductores que se acercan por delante.

El punto de inflexión de los faros llegó con las luces led, nacidas en la década del 2.000. Este sistema está compuesto por múltiples diodos, que consiguen una iluminación blanca casi tan potente como los faros de xenón.  Proporcionan un mayor alcance, ofrecen una duración muy superior y además son más agradables a la vista por sus puntos luminosos que permite su distribución en diferentes formas.

A pesar de ser un buen sistema de iluminación, son totalmente incompatibles con las altas temperaturas y los cables. Por este motivo, suelen incorporar un sistema disipador de calor para bajar la temperatura del sistema.

  • La nueva referencia tecnológica: las proyecciones láser

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Estas luces se encuentran en su fase de introducción. Actualmente, se utilizan como apoyo a los faros normales para conseguir más luz a largo alcance debido a los diodos láser que posee que, combinados con una sustancia fluorescente de fósforo, consigue una luz más natural- parecida a luz del día- y pronunciada que el resto de los sistemas.

Doblan el rango de visión de los leds y pueden llegar a alcanzar hasta los 600 metros de distancia. Además, su peso y tamaño es menor.

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